Casi un año después, con la demora y el sopor que me/nos caracteriza, al fin hemos subido las fotos a la web. Las podéis ver aquí
Y para seguir nuestras aventuras en éste 2008: http://costaricaypanama08.wordpress.com/
Casi un año después, con la demora y el sopor que me/nos caracteriza, al fin hemos subido las fotos a la web. Las podéis ver aquí
Y para seguir nuestras aventuras en éste 2008: http://costaricaypanama08.wordpress.com/
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Llegamos a la ciudad de Panamá más tarde de lo aconsejable, pasadas las once de la noche; el taxi que debía esperarnos en la estación de autobuses no da señales de vida y cuando por fin conseguimos llegar al Hotel la reserva no aparece por ningún lado. Ambos contratiempos se solucionaron sin mayor novedad, pero dan una idea de la informalidad del lugar y de lo poquito que puede uno fiarse en estos casos.Los dos días siguientes los pasamos disfrutando de la parte de la ciudad que se nos había ocultado a nuestra llegada: el Casco Viejo es bonito y aunque bastante depauperado, mantiene cierto sabor que hace muy agradable el paseo. Recuerda un tanto a un Cádiz de segundamano, tan volcado al mar, y cuenta además con un sin número de restaurantes ricos ricos a precios óptimos. Y es que ya lo dijimos antes en este blog, Panamá es un paraíso para el gourmet a la búsqueda de joyitas a precios minúsculos. La palma de nuestro periplo gastronómico se la llevó el restaurante japonés FUJI (Via Brasil Nro. C-32, Obarrio), elegido para celebrar nuestros diez años juntos y el magnífico viaje que estaba por concluir. La decoración es sencilla, pero la calidad del Sashimi es inigualable y el festín se convirtió en la mejor cena japonesa de nuestras vidas y a unos precios que harían reverdecer la sonrisa al más avaro de los judíos.El resto del tiempo transcurrió entre la pena enooooorme por dejar éste país delicioso y las visitas obligadas: mención de honor merece el archiconocido Canal, obra magna de la macro-ingeniería, y puntal de la imaginación. Salimos al alba dirección atlanta-madrid con mucha, pero que mucha pena y la obligación casi moral de volver aunque sólo sea por rememorar que se fue feliz mucho y bien. Seguiremos informando.
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A pesar de que el archipiélago de San Blas era uno de los puntos fuertes del viaje decidimos renunciar a él y quedarnos en ésta bahía del pirata Sir Francis Drake. Cuando uno encuentra el PARAÍSO lo obligado es descremarlo y dejar arrinconada la maldita insatisfacción, ese mal tan occidental y primermundista.
Con el relajo de la semana larga que teníamos por delante todo pintaba bárbaro y tan sólo la mater natura se ocuparía de sacarnos la sonrisa peremne y un tanto idiota que viene siendo nuestra seña de identidad más destacable. El terremeto de Perú provoca un aviso de Tsunami en toda la costa del Pacífico, de Colombia a Nicaragua. Desde el… tachán!!!: INSTITUTO DE DETECCIÓN DE TSUNAMIS de HAWAI alertan a la población Costarricense de la posible formación de olas que pueden alcanzar los 30 metros de altura. En distintas poblaciones del país cunde el pánico y la gente abandona sus casas tierra adentro. Nosotros, a pie de playa, pues como que empezamos a acojonarnos y nos refugiamos en la cabaña más alejada del Hotel a la espera de que la anunciada ola haga acto de aparición. Con el equipaje de emergencia bajo el brazo los diez clientes del hotel nos juntamos con cara de susto en la habitación de una pareja de San Francisco que parecen haber hecho un doctorado en desastres sísmicos y movimientos de tierra. Todos…no!…una irreductible pareja de gays de Texas hace oídos sordos a los llamamientos a la cordura del resto y se van a la cama a dios sabe qué. El aviso se queda en nada pero se nos ha quedado el sustico en el cuerpo. Joer.
Jolanda, David y Luca
Los últimos días los pasamos estrechando lazos con los patrones del Hotel. Ya he hablado anteriormente de este matrimonio mestizo de Suiza y Tico que con tantos días de convivencia hemos llegado a sentir muy próximos. Mención especial merece el detallazo de dejarnos a precio más que aseado la HOENYMOON SUITE que nos sirvió de refugio durante la Tsunami con lo que dejamos la caseta del guía que había sido nuestro alojo a falta de habitación libre los últimos seis días.
Luca -el hijo de ambos- termina por convertirse en el tercer Santo y juntos construímos castillos de arena, nos damos baños longevos y hasta vemos la mejor puesta de sol de todo el viaje. La última noche Jolanda y David nos muestran los planos de su futura morada en San José, fotos de sus viajes por Europa y nos calzamos unos rones añejos que nos ponen aún más melancólicos.
A la mañana siguiente la despedida parece un funeral. Nos hacemos fotos con todos y mientras David conduce con maestría su barca remontando el Rio Sierpe se nos caen unas lagrimillas como era de esperar. Ahí hemos dejado algunos de los mejores días de nuestras vidas y no sólo por el lugar, que es paradisíaco. Gracias Caco, Giovani, Viky, Ángela -no conseguiste que engordara!!-, y por supuesto JOLANDA LUCA Y DAVID.
El rio sierpe es el camino de vuelta, un viaje de de más de una hora entre vegetación casi virgen y manglares de peli de aventuras que nos deja de nuevo con la boca abierta. Vamos con Claudia y Hans, dos alemanes sindicalistas que son la viva personificación de la pareja compenetrada y polivalente. Ella habla y ríe locuaz mientras el asiente en la sombra. Nos acercan hasta Palmar Norte desde donde sale el autobús que nos llevará a la frontera mientras cantamos a voz en grito Buena Vista Social Club, el Cd que han decidido escuchar y que a LoSantos nos devuelve la alegría de vivir.
El paso fronterizo de Paso Canoas es pa echarse a temblar. Llueve a cántaros a consecuencia de los coletazos del huracán Dean y las calles atesoran palmo y medio de agua que nos calan las botas de un agua de barro harto desagradable. Menos mal que un gay local profesor de la universidad de David se apidada de nosotros y nos facilita la logística para llegar a David, capital de Chiriquí, desde donde sale el autocarro que nos llevará a la Ciudad de Panamá.
El aire acondicionado y la madre que lo parió
Sacamos los billetes y compramos algo de alimento para el camino. Mientras guardamos las mochilas en el maletero un sujeto nos advierte que tal vez debiéramos subir algo de abrigo. Como aquí vamos siempre en media pinga dado el calor y la humedad reinantes pensamos que tal vez con los jerséis tendremos más que de sobra. CRASO ERROR. En el puñetero bus hace un frío que pela y terminamos hundidos entre mareas de periódicos, toallas, pañuelos y casi cualquier cosa que nos permita hacer frente al frío polar que exhala el monstruo en el que vamos montados. Y no piensen que somos los únicos: un vistazo nos permite observar como la totalidad del pasaje se guarece como puede de tamaño vendaval. Eso sí, aquí no se queja ni dios. Será la costumbre, digo yo.
Seguiremos informando, aunque poquito ya, que esto se acaba. Snif.
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Tras un merecido y dominical descanso en el que vagueamos sin rumbo por las playas cercanas a las Caletas, el Lunes fuímos a Punta Marenco, lugar elegido por Karem Larry y Lorenzo para descansar sus huesos toda vez que la reserva que tenían en Las Caletas era solo por una noche. Volver a verles y reconocer nuevamente todo el afecto que nos ha unido en apenas día y medio es algo prodigioso. Subimos hasta un rio con unas pozas bárbaras donde pequeños camarones se ocupan de hacernos la pedicura hurgando entre las uñas de los pies en busca de nutrientes (!). A la vuelta se pone a diluviar de nuevo y nos despedimos entre prisas y promesas de visitas mutuas. Son gente muy especial y lo saben. Nos da una pena horrible, que tan solo mitigarán nuestros nuevos compañeros de viaje.
“somos Colombianos, pero vivimos en Cincinatti, el lugar mas aburrido del mundo”
No me negarán que como tarjeta de presentación mola y mucho. Los responsables de tamaña apología del humor mas recalcitrante son Francisco Jose Gómez Correa y su esposa Silvia -que viajan acompañados de Laura, una chiquita que no cumple la decena, lista como el hambre y con el amor propio del corredor de fondo-. Ambos son médicos, charlatanes, brillantes, agudos y mordaces. Los mejores conversadores que han visto estos ojos en mucho tiempo. Al doctor, cuando le calentamos con tintos chilenos y cerveza local la locuacidad le brota por los poros -que no son pocos-; doña Silvia no necesita combustible extra para dejarnos de una pieza entre tanta anécdota jugosa y bien contada. Si algo aprecian LoSantos por encima de todo es que les hagan reir, y estos dos lo consiguen día si día también.
Ambos han pasado por experiencias traumáticas en sus vidas que parecen haber reafirmado aún más su condición de médicos, colombianos y valedores universales del humor negro. Juntos pasamos las comidas, las cenas, las sobremesas y una excursión a la Isla del Caño que resulta ser deliciosa aunque un tanto fallida. Si de algo me he quedado con ganas en este viaje es de ver Ballenas como dios manda. Y sí, las vimos en los aledaños de la Isla, pero de lejos y mas empujados por la intuición que por la vista. Con los delfines pasó lo mismo, pero qué le vamos a hacer oiga, que no todo puede ser perfecto.
A los tres días los doctores se van bien de mañana y a mi se me hace un agujero en el estomago cuando ambos nos abrazan con tanto redoble y se refieren a nosotros con el calificativo de “muy queridos”: mencion de honor en el cariñosisimo dialecto colombiano. Casi se me cae una lagrimica y todo. Y es que me estoy empezando a cansar de conocer gente magnífica como en unas convivencias y luego dejarles ir casi de por vida. A uno le gustaria poder seguir viéndoles de cuando en vez, tomarse algo juntos, no sé. Caguenlaostia….
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Bahia DRAKE
web: las caletas
El autobus sale a media tarde de la muy ajetreada estacion de Quepos en direccion a Uvita, pequena localidad costera en la que haremos noche para arribar a nuestro destino a la manana siguiente. Tardamos tres horas justas en cubrir los 47 kms de trayecto por un camino de cabras, lo que nos permite disfrutar a paso de peregrino del paisaje, que resulta como siempre abrumador. De Uvita partimos antes del alba para Palmar Norte, y de ahi a Sierpe donde comienza realmente el periplo mas abrumador, insospechado y delicioso desde nuestra llegada a Costa Rica.
La Bahia Drake es sin duda uno de los lugares mas remotos, inaccesibles y hermosos de todo el Pais. En el extremo occidental de la Peninsula de la Osa se haya esta bahia esplendorosa de tintes literarios, robando su nombre del legendario pirata que supuestamente buscaba en estas aguas fondeo seguro, alimentos y tranquilidad. Se dice tambien que aqui oculto un formidable tesoro buscado incesantemente desde hace mas de siglo y medio por casi medio centenar de expediciones de todo origen y condicion. El lugar sirve ademas de frontera natural con el Parque Nacional de Corcovado, la mayor reserva de Bosque LLuvioso de CentroAmerica, con casi 50.000 hectareas de jungla inhospita y fascinante.
Accedemos a la bahia a traves del rio Sierpe en un viaje inolvidable de casi hora y media rodeados de manglares y vegetacion pasmante que observamos desde la lancha del gran Chanchito, marinero de historial sin macula que nos lleva por un intrincado laberinto de canales que harian palidecer al mas osado. Mientras contemplamos anonadados como el rio se abre al mar y deja al descubierto infinitas Colinas de bosque y playas desiertas, entablamos conversacion con Yolanda, una Suiza de la que apenas sabemos nada mas alla de su dulce sonrisa y su aspecto afable. Tan solo tenemos reserva por una noche, hecho este no especialmente aconsejable si tenemos en cuenta lo remoto de la Bahia y lo escaso de sus opciones hoteleras. De pronto Chanchito se va acercando a una playa deliciosa, con cesped hasta la arena y palmeras que la jalonan. Nos frotamos los ojos pensando que es nuestro destino, pero Yolanda nos saca de nuestro error: aqui solo se apea ella. Inmediatamente la asaltamos rogandole que nos proporcione alojo al dia siguiente, o al otro, cuando sea: casualmente lleva con ella su libro de registro y nos ofrece dos noches que finalmente seran muchas mas como relatare mas adelante. Siempre nos hemos dejado llevar por la intuicion, y ahora mismo nos dice que no encontraremos nada mejor que lo que ella nos ofrece. Y acertamos!!
Tras un primer dia de toma de contacto en el Hostal Mirador, con bano al atardecer y puesta de sol incluida, partimos al punto de la manana para Cabinas Las Caletas, que merecerian por si solas un blog enterito para ellas solas.
LAS CALETAS
Tratar de explicar en pocas palabras lo que este lugar de infinita belleza ofrece al extrano seria ocioso. Baste decir que es con mucho, el mejor Hotel-Hostal que han pisado estos pies en toda mi vida. Y no han sido pocos, puedo jurarlo. Regentado David y Yolanda, un matrimonio encantador de Suiza y Tico, mezcla con sabiduria y recato lo mejor de la intuicion natural Costaricense y el gusto por la estetica mas europeo y civilizado. Todo aqui es sencillamente maravilloso: Cabinas de Madera con bano privado, un promontorio desde el que uno divisa sin dificultad Tucanes, Loros, monos y toda clase de bichos vivientes y una playita de un centenar largo de metros para uso y disfrute de los diez clientes escasos hospedados aqui. El precio incluye tres copiosas comidas de presentacion milimetrica, el uso de canoas, instrumental de buceo, internet y una jugosa y babelica biblioteca. Bien! Es tal nuestra excitacion que rogamos a nuestros anfitriones nos permitan quedarnos algun tiempo mas, no importa el como. Observando nuestra buena disposicion, nos ofrecen una tienda de campana que sirve de local de juego para Lucas, el hijo de ambos. Aceptamos, claro!. Posteriormente recuerdan que la casa del guarda esta en esta epoca del ano desocupada: si bien es mas austera y menos preciosista que las cabinas, nos permitira tener bano propio y un poco mas de intimidad. Y sin limite de tiempo!.
Victoria, Karina y Larry
La muy extendida tradicion hostelera de juntar a los clientes en comunidad durante las comidas es norma en Costa Rica. Tan saludable opcion mueve a la charla y las sobremesas son siempre interesantes. Todo el mundo se muestra encantador, sin duda favorecidos por un entorno siempre magico y la falta de prejuicios de clase que pone de manifiesto la indumentaria en nuestros paises de origen; la camiseta, el pantalon corto y las sandalias de trecking son el uniforme obligado por las circunstancias.
A nuestros amigos los conocimos en la primera comida en Las Caletas. Victoria es una Tica Americana que vuelve al pais que la vio crecer tras casi trece anos de ausencia. La acompanan Larry – Lorenzo- y Karen, una pareja de Manhattan altamente bohemia y deliciosa. Congeniamos casi inmediatamente, y decidimos pasar el resto del dia juntos, que se alargara hasta bien entrada la madrugada.
Visitamos juntos la costa, que no es sino una sucesion de playas desiertas, vegetacion variopinta y la mayor coleccion de animales en estado salvaje que se nos ha dado contemplar nunca: Loros, pelicanos, monos cariblancos, aguilas, halcones, Ybis, guacamayos, tucanes, todos ellos perfectamente reconocidos por Lorenzo, que parece tener un sexto sentido innato para observarlos y la paciencia infinita del docente que es para mostrarnoslos con naturalidad y sin engolamientos. Son sencillamente fantasticos, y nos prueban su afecto del mismo modo que nosotros a ellos. Ce fantastique!!
Escrito en Blogroll | Etiquetas: Bahia Drake, Drake Bay, Las Caletas
Nota: este blog se escribe en ocasiones desde teclados sajones carentes de enhes o tildes, lo que provoca ciertas penurias a este ya de por si menguado escritor. Disculpen las molestias.
Manuel Antonio
Dejamos Monteverde a media tarde en direccion al Pacifico donde nos espera el Parque Nacional Manuel Antonio, una de las perlas del Ticas pregonadas a los cuatro vientos por el Ministerio local y las agencias de Turismo y una de nuestras paradas obligadas. Llegamos a Vista Serena al atardecer. Hemos leido mucho y bueno de este alojamiento a medio camino entre Quepos, la ciudad vecina, y el parque, un hostal de precio modico en una zona tan sobrexplotada como esta, que asegura atardeceres inolvidables en un entorno aislado. Es tal nuestra confianza en el lugar, que decidimos compartir habitacion la primera noche, a la espera de una privada que llegaria al dia siguiente.
Vista Serena
Si como rezaba el inmortal eslogan “la primera impresion es la que cuenta“, hubieramos salido de alli por patas, no digo mas. Es de noche, por lo que la vista que prometen no es mas que un vacio negro al final del cual se intuye el oceano; una docena larga de americanos jovenes sin camiseta charlan aisladamente en el porche de la casa mientras escuchan una musica infernal de guitarras afiladas y chillidos de puerco en dia de matanza. Arg. Mantenemos mal que bien la calma y caemos derrotados por el cansancio sin llegar a ver a nuestra companera de habitacion hasta la manana siguiente, en que nos mudamos ya sin compania.
Ahora si, el lugar despliega sus encantos; una preciosa alcoba decorada con gusto, una cocina, un saloncito y un balcon con hamaca y sillon e imponentes vistas al Pacifico.Compartimos el bungalow tan solo con una Americana estudiante de castellano, que decide muy amablemente no practicar con nosotros. Su presencia sera casi un misterio durante los tres dias que pasamos alli.
Manuel Antonio es un sobrexplotado y minusculo parque natural, de indudable belleza, pero altamente sobrepasado por el Turismo. A su alrededor crecen los hoteles, casinos y lugares de esparcimiento que parecen haber superado en atraccion para el foraneo al parque en si. Nos cobran siete dolares a cada uno, un precio de todo punto abusivo. El ratio viene a ser de diez turistas por mono, cada uno de ellos -los turistas, se entiende- armado con un camara digital con la que someten a todo bicho viviente a un tercer grado fotografico insufrible para los pobres animalitos.
Nuestra estancia se vuelve placentera, del hostal a la playa y media vuelta, y por un par de dias nos dejamos llevar por el relajo. Al tercer dia nos sacan de la cama entre voces de alarma. Una reportera del Hostals of the World visita el lugar y debemos dejar nuestro cuarto a la espera de futura acomodacion, que finalmente parece ser en una habitacion compartida con otras doce personas. Sin tiempo de desperezarnos, perplejos por lo surreal de la situacion y la falta de tacto de los propietarios, decidimos largarnos con la mala leche propia de los enredos a tan temprana hora. Una y no mas, Santo Tomas.
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Nos levantamos al alba, bajo un aguacero innoble que nos cala hasta los huesos antes de alcanzar la parada del autobús. Cuatro horas de trayecto y ya estamos en San José, que a primera vista tiene poco que ofrecer, máxime llegando de un pueblo tan pequeño como Puerto Viejo. Nos vamos a la estación y allí nos avisan que el siguiente transporte a Monteverde sale a las tres, y que auguran un viaje largo y pesado porque hoy es el día de nosequé patrona y casi millón y medio de creyentes van a pedirle un favor a la virgen en Cartago -o algo así-. El caso, que se nos pone la piel de gallina, y ya casi desesperados nos unimos a dos americanas que han alquilado un taxi para La Fortuna, junto al volcán Arenal. Esperan a dos muchachos, pero por sus miradas intuyo plantón soberano, así que insisto un poco y nos aceptan como sustitutos. Yepa!
El volcán Arenal es una de las mayores atracciones del País, y no ir a verlo supone casi un sacrilegio. El taxista, un tipo locuaz y simpático nos introduce un poco en la historia local, pero se desvía cuando, al pasar por un pueblo de camino, la cantidad de jóvenes de buen ver a ambos lados de la carretera es tal, que no puede por menos que relamenrse. Cómo somos, dios.
Llegamos y nos apuntamos a un tour de esos que te pasean por la falda del coloso y vemos atardecer junto a la laguna. Cuando oscurece, las nubes se apartan por el viento, y vemos rodar lava por la ladera del volcán. Lo que más impresiona, sin embargo, es la pesada digestión interna de rocas y magma que se oye como un ronroneo grave y que, a qué engañarnos, acojona. De vuelta de tan rico paseo me entra una media descomposición de esas que te obligan a contener la respiración por miedo a perder el bazo por el bajo vientre. Así no hay quien disfrute. De camino al balneario que se alimenta de las aguas termales que surgen naturalmente por aquí, mi única fijación es un baño, y rapidito oiga que no estoy para bromas. Solucionado el tema, nos refugiamos en las cálidas aguas, con piscinitas varias cuyas temperaturas oscilan entre los 39 grados de una y los 40 de la siguiente. Y no se rían, que así rezan los carteles informativos para jolgorio nuestro y de Stefan, un holandés con el que hemos hecho buenas migas.
Casi por casualidad, hemos hecho buenas migas con Erit y Gilli, dos judías Israelíes que viajan en un cómodo todoterreno. Como aqui ya está todo visto nos largamos a Monteverde al alba en compañía de las desdendientes de Moisés, que a nuestros ojos son tan exóticas o más que un negro caribeño. Y es que cómo son, redios. Cumplen casi al dedillo los tópicos de intelegencia, sagacidad, corporativismo y amor por el vil metal que tenemos grabado en la mente. Si bien no son dos modernas habitantes de Tel Aviv, aceptan la existencia de un Dios Omnisciente, Omnipotente y Providente, que los eligió como pueblo al que revelar su mandamientos. Pues vale.
Arquitecta y abogada, viajan con una guía propia redactada por un israelí, que siguen con la fe ciega del peregrino. Aquí hay que alojarse en tal sitio, los taxis cuestan tanto, en nosequé restaurante se cena como dios aunque algo caro…y así…
Monteverde es un pueblo pequeño y sin gracia, de crecimiento rápido. Plagado de agencias, restaurantes y hotelitos, carece del encanto de las poblaciones con pasado. Eso sí, los alrededores son de olé. Una reserva de monte nuboso única en el mundo, donde la selva se mezcla con la nubosidad de vuelo bajo ofreciendo un espectáculo entre ténebre y melancólico. Nos apuntamos a una excursión por una parte del bosque donde han asido unos puentes colgantes entre las copas de los ficus, árboles titánicos que ofrecen un aspecto recio e infinito. A medio camino se pone a llover y nos pilla en medio de un puente endeble, a cincuenta metros del suelo; se te encoje el corazón de tanta belleza leche. Pero el paseo aún nos depara una sorpresa más: un perezoso cuelga de un árbol a menos de dos metros de nuestra mano, con su cría en la espalda zampando hojas frescas. Nos quedamos embobados durante un buen rato hasta que es hora de irse.
La mañana siguiente la dedicamos a pasear con TACHÁN!! Freddy Mejía!!!!. Éste sujeto con nombre de actor porno de los setenta y de parecido innegable con el Brujo, ese actor tan Español que parece haber nacido recitando el Lazarillo, nos hace levantarnos a las cinco y media de la mañana para ir a ver pájaros. Y el madrugón merece la pena. Nos pasamos el paseo, de casi cuatro horas, de charla con Rui y María, los dos únicos portugueses que hemos visto en nuestro viaje. Vemos Tucanes, Tijeras, Campaneros y otros tantos de los que no recuerdo el nombre. Gillí y Erit se han ido a hacer canoping, atracción basada en unas tirolinas largadas entre copa y copa de los árboles que son el espectáculo local por antonomasia. Vuelven excitadísimas contando la experiencia yanimándonos a disfrutarla cuanto antes. Y una leche. LosSantos tienen mucho respeto por las alturas, pero que mucho mucho, y prefieren ver pájaros antes que emularlos. Y no se hable más.
Decir que el empeño por atraer turistas a la zona ha hecho que este tipo de actividades de deporte extremo se hayan vuelto más importantes que la reserva en sí, convirtiendo los alrededores en un port aventura TICO que desmerece a las maravillas del lugar. Mucha gente llega, se tira de un árbol, se monta en un quaid y se pira. Pues mira tú qué gracia.
Como nuestras amigas parecen disfrutar del lugar más que nosotros, nos despedimos lamentando enormemente la pérdida de tan grata y sefardí compañía y de su inmejorable auto. Quedamos en vernos unos días después y ponemos rumbo a Manuel Antonio, parque natural con nombre de galán de telenovela, del que hablan maravillas propios y extraños. Pero eso ya lo cuento más tarde…que estoy algo cansado y afuera diluvia y hace sueño.
Seguiremos informando…
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Ya he hablado de Peter con anterioridad. Nuestro padre putativo en el Caribe. Más adelante daré detalles de su vida que harán entender mucho mejor la fascinación que ejerció sobre nosotros. De momento sólo decir que nos ofreció unirnos a él en nuestro viaje a Puerto Viejo en Costa Rica. Aceptamos y salimos bien temprano.
Nos prepara -cortesía de la casa- un desayuno opíparo a base de pancakes, café, zumo de piña y tostadas. Ñam!!! Salimos de Bastimentos para Bocas en el bote de Narváez, de ahí en lancha rápida hasta Almirante -ciudad porturaria venida a menos, con la miseria pisándole los talones-; de ahí en bus hasta Changinola, taxi colectivo hasta la frontera y posterior bus hasta puerto viejo. Eso para hacer cuarenta kilómetros. Nos habían avisado que Puerto Viejo es peligroso, y como Losantos son bien precavidos, no fue hasta bien entrado el primer día que nos movimos con tranquilidad por el lugar: básicamente es un pueblo pequeño, de corte Caribeño, población negra y mucha mucha tranquilidad. Nos alojamos en el Coco Loco Lodge. No hay que dejarse engañar por lo pueril del nombre. Gozamos por un precio irrisorio de una cabaña fantástica, con baño privado, tele por cable, porche y hamaca. Ah! y un jardín delicioso que lo rodea todo.
Nada más llegar nos hacemos con unas bicis -Peter regenta un local de alquiler-, y salimos para Punta Uva, unos seis kilómetros al sur del pueblo. La playa es hermosísima, en forma de bahía abierta, con un arrecife de coral en uno de los extremos y una punta en el extremo que simula a la perfección los jardines colgantes de Babilonia. Tan frondosos y espesos. Como viene siendo habitual comenzamos a conocer gente como en una competición de crecimiento personal y relaciones sociales. Buscavidas locales, vendedores ambulantes y fauna local en general. Volvemos de Punta Uva bajo un diluvio atronador que nos devuelve a la cabaña empapados y contentos. El día siguiente nos vamos a Manzanillo, parque natural, también en bici. Como pasa por Punta Uva decidimos quedarnos a la vuelta tras otro día de amor y lujo. La tarde nos depara una cena con Peter a modo de despedida. Le debíamos una invitación y él la acepta gustoso. El lugar elegido -por él, claro- es Elena Brown, a decir de todos el mejor restaurante de comida caribeña de la zona. Relato someramente la vida de este tipo sin igual, que nos ofreció gustoso en dos horas impagables, puedo asegurarlo.
Los amigos de PETER
Nuestro anfitrión nació hace 61 años de nada en Alemania, lo que le marcó de por vida, no hay duda. Con catorce termina su educación elemental y decide enrolarse en un barco mercante con el que recorre el mundo. Aprende Sueco, Noruego y algo de Finlandés, pasea su magro cuerpo por Africa, Europa y Sudamérica, conociendo lugares y aprendiendo de la vida, del amor y los licores. Cansado de tanta agua, decide poner pie en tierra y aprender el oficio de Mesero y sus recovecos. Conoce los vinos, las comidas y la ortodoxia propia de los lugares con empaque. Se suceden las mujeres, afición que aún conserva, mezcándola con grandes dosis de alcohol en glotis. A los 35 el problema se vuelve acuciante, y casi moribundo deja por completo de beber. Recuerda con un brillo en los ojos el día que abandonó su pesadilla particular. Como es hombre de excesos, cambia el vino por cigarrillos, de los que asegura podía liar casi cien por día, y el café -más de treinta tazas!!!, y se vuelve adicto al trabajo. En menos de cinco años abre y cierra 17 negocios terminando en la bancarrota, agotado y acuciado por las deudas.
Es entonces cuando se desplaza a centro américa en busca de calor y buena vida. Desde entonces ha hecho casi de todo, ha amado y odiado tanto como le ha dado tiempo, y ahora degusta un zumo de piña con nosotros mientras me ruega que aleje el cenicero de sus narices. Nos habla de Yolanda con veneración, una Colombiana 22 años más joven con la que lleva año y medio casado y con la que se propone abrir el enésimo negocio de su larga vida. Toda una lección para nosotros, aventureros burgueses, de como vivir al día sin temerle a nada. Te queremos PETER!!
El día siguiente lo dedicamos a Cahuíta. Parque Natural de incomparable belleza que colma nuestros deseos, por más que muchos nos aseguran que el lugar es aséptico y está excesivamente domesticado. Diez kilometros junto al mar, plagados de Bosque LLuvioso y playas de ensueño. Vemos mapaches, armadillos, monos y toda clase de plantas y aves. Nos damos dos baños laaaaaaaaaaaargos y deliciosos y volvemos a casa agotados y ansiosos por la partida. Al día siguiente toca Monteverde, la reserva natural, así que mejor nos acostamos, que luego el sueño nos acosa.
Seguiremos informando, aun cuando la colección de superlativos ande ya menguada de tanto usarla.
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Bastimentos es un pueblo pequeño, de no mas de setecientos habitantes; en su mayoría de raza negra, aún persisten pequeñas colonias de indios que realizan las labores más bajas y peor remuneradas, media docena escasa de chinos que copan el comercio local y unos pocos extranjeros que desde hace poco más de diez años han ido fijando su residencia y medio de vida en este lugar paradisíaco, sin estridencias y mezcládose con los lugareños apaciblemente.En los últimos tiempos, americanos y canadienses han ido comprando terrenos idílicos preparándolos como resorts de lujo que a buen seguro destrozarán el encanto incomparable de este pacífico rincón del Caribe. Si alguno desea conocer Bocas del Toro en su esencia, mejor que se dé prisa. Le queda poquito.
La población se vertebra alrededor de una calzada de cemento de dos metros escasos a cuyos lados se arremolinan las casas, unas sobre el mar a modo de palafitos, las otras en el declive de la colina que bordea la bahía. Las construcciones, a consecuencia del clima benigno,, son más bien endebles, de finos paneles de madera que mediatizan la vida diaria. Aquí amigos no hay intimidad. Ninguna. Aquí se mea, se rie, se llora, se acopla y se discute en conocimiento público. Y no sólo eso. También conviven maridos con ex-mujeres y sus nuevas parejas, un totum revolutum inaudito para el común de los mortales -occidentales se entiende-.
Los alojamientos son rústicos pero eficientes; que nadie busque aún grandes y bonitos departamentos; mención especial merece el desconocimiento de esa costumbre tan europea de situar el interruptor de la luz junto a la cama. Invariablemente colocados en el quicio de la puerta, uno tiene que levantarse en la duermevela a apagar la luz, con el engorro de la mosquitera y demás. Para los que como yo gustan de dormirse placidamente con un libro en las manos, la aventura se torna imposible.
Después de casi dos semanas aquí, nos hemos hecho una imagen más o menos acertada de la vida y su gente: Tadey el del almacén, creyente y paternal con nosotros, el gran livingstone, un negro de casi 150 kilos pionero en los paseos en barca para turistas. Javier, Janet y Teo únicos e inimitables, tan queridos; Peter y Yolanda, que nos alimentaron bien y nos dieron cobijo; Dixon, el amante perpetuo; Joey, el reggaeman local de quien mucho aprendimos y disfrutamos. Patrick, sandrinne y las niñas de la France….y tantos y tantos.
Qué lindo Bastimentos. La tendremos en nuestras oraciones.
Seguiremos informando. Mientras ahí fuera, los malotes del lugar visten esas gafas de sol cuyos cristales simulan las manchas de aceite en el agua. Que Alá confunda al inventor de tamaña desgracia.
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Estos días han transcurrido con la tranquilidad propia del lugar. Después de casi una semana en el Beverly’s hotel, todo se muestra tan perfecto que resulta complicado plantearse la marcha: regentado por Peter, un teutón sexagenario y un tanto marcial, y Yolanda, una colombiana redulce que completa el cuadro de este lugar perfecto. Los propietarios están de vacaciones, y ellos se ocupan de que el guesthouse se mantenga limpio y en perfecto estado de revista. La historia de Peter, como la de la mayoría de europeos que residen por aquí, se aleja del canon y más parece sacada de una novela de Álvaro Mutis: un Maqroll de la vida, vaya. Durante los sesenta trabajó como marino en barcos de bandera Sueca, Noruega y Finlandesa. Después se enamoró de una Turca con la que convivió cuatro años. Sin embargo el frío de Europa le atenazaba, decidiendole a hacer el petate y largarse pitandillo a centro América. Ahí se suceden las ocupaciones y, a lo que parece, también las novias. Su último negocio antes de venirse aquí era un alquiler de bicicletas en Puerto Viejo. Nos confiesa con toda la naturalidad del mundo que aquí aún tiene trabajo hasta noviembre, lo que parece tranquilizarle sobremanera. Viniendo de un hombre que ya no cumple los 60, tamaña tranquilidad de espíritu y confianza en el futuro nos deja perplejos. Es en el hostal donde conocemos a Patrick y Sandrinne, y a sus dos hijas Fanny y Carla. Compartimos cena una tarde y a partir de ahí nos volvemos inseparables. Por lo que parece, han trabajado como mulas para sacar adelante un restaurante enorme, y durante un tiempo indeterminado viven sólo para el curro, sin vacaciones ni aparente tiempo libre. Hace poco más de seis meses vendieron todo y están buscando un lugar donde realojar sus vidas. Son fantásticos, divertidos y todo les parece bien. En las madrugadas, ayudados por un tinto chileno, nos enfrascamos en conversaciones interminables y altamente absurdas. Se despiden con la promesa de visitarnos en Madrid. Una gente estupenda, oigan.
La vida transcurre entre días de playa y disfrute del hostal. Ayer por fin conseguimos la cabaña más lustrosa del beverlys, con su baño privado, su balcón con hamaca y vistas sobre la bahía y el relajo del jardin, cuidadísimo y plagado de todo tipo de plantas insólitas y pájaros de vida alegre. Desde la cama uno puede ver colibrís, fragatas, pelícanos o buites –amén de muchos otros anónimos para nosotros-. Desde el trono de nuestro habitaculo, invitamos a unos y a otros a disfrutar de las vistas, como unos terratenientes que comparten su finca con los allegados. Asi somos…que le vamos a hacer.
ps: la ausencia de tildes en los ultimos parrafos, son responsabilidad exclusiva de este teclado arcaico y antiespanhol (tampoco cuenta con enhe)…. busco a Carot Rovira por los alrededores, pero no alcanzo a verle.
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El parque nacional de Bastimentos consta de unas 13.000 hectáreas, en su mayoría marinas, aunque incluye también algunos bosques del sur de la isla de Bastimentos y los dos cayos conocidos bajo el genérico de Cayo Zapatilla. El lugar sirve de refugio a un sin número de especies marinas, aves amén de una flora variada y frondosa.
Los dos islotes Zapatilla parecen atesorar la atención de los foráneos, y nosotros no somos una excepción a la norma. Hace ya dos días que los visitamos por primera vez en compañía de nuestros amigos alemanes, y bajo la tutela de Antonio Narváez, barquero de pro, de nombre que resuena a estirpe de navegantes o conquistadores. Nada más lejos de la realidad. Tony es un tipo tranquilo, pausado y de sonrisa peremne, y nos hace el trayecto agradable. Tras más de una hora de bote en la que bordeamos la isla en su totalidad, y cruzamos por mar abierto hasta nuestro destino, llegamos a una playa de arenas límpidas que sirven de acceso a la isla. El lugar es bellísimo, y cualquier intento por definirlo me viene grande y resultaría ocioso. Decir que se bordea paseando en poco más de media hora, que la vegetación llega hasta el agua. Y que agua. El buceo es simplemente imponente. Centenares de peces nadan a tu lado impasibles, cubriendo todos los colores de la escala cromática. Una raya y especialmente una barracuda me dan dos sustos de muerte y salgo del agua como alma que lleva el diablo. El coral es otro de los atractivos, especialmente en la zona este de la isla, donde no atracan las barcas, y parece estar moderadamente intacto.
Ayer volví yo solo, dado que la santa aún se duele de su tobillo y la prudencia no aconsejaba mucho movimiento. Entonces me vuelvo consciente que Cayo Zapatilla corrige y mejora el ideal de paraíso. Aquí hay más peces, y plantas y huele mejor que en las fotos de las revistas. Seis horas en este lugar dan para mucho, más aún cuando mis tres compañeros de bote parecen ignorar mi existencia, especialmente una chica Sueca para la que soy directamente invisible. Me vuelvo al atardecer. La santa ha pasado el día bastante bien, teniendo en cuenta sus limitaciones físicas y nos vamos a cenar pulpo a la caribeña. Esta vez menos gustoso que la primera, pero igualmente reconfortante. Nos quedamos charlando colgados de la hamaca hasta que el sueño se hace insoportable y nos arrastramos hasta la cama.
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Como el día no tiene visos de cambio, decidimos visitar a Javier y su familia a lo alto de la loma que corona esta pequeña islita. Se nos unen un par de hermanas alemanas que ya le conocen de un viaje anterior. Sale a recibirnos Janet, su mujer, y el pequeño gran Teo, fruto de los amores caribeños de esta escocesa y su marido argentino. La mezcla es cuando menos sorprendente, no hay duda. Pasamos la mañana en animada charla; Janet nos cuenta que llegó aquí para salvar Tortugas, pero decidió que éste era el lugar donde afincarse. La casa es obra íntegra de Javier, y para un tipo como yo, para el que las manualidades son todo un misterio insondable, esto es un prodigio digno de verse.
Además de vivienda habitual, el lugar sirve de improvisada tienda donde Janet ofrece sus variedades de cremas y ungüentos naturales que pasan a engrosar nuestro botiquín de base. Como la tarde se muestra soleada, nos despedimos y contratamos una barquita que nos acerca a Red Frog, una playa más domesticada que la del día anterior, pero igualmente imponente. De vuelta al hogar, seguimos las indicaciones de nuestros amigos, visitamos el Roots, un restaurante regentado por una negra local ya entrada en años y absolutamente maternal. Nos atizamos entre pecho y espalda un pulpo al estilo caribeño que nos hace relamernos de gusto. Otro día más en el trópico. Qué bien, qué bien. En Bocas del Toro están preocupados por la falta de turismo. Me lo repiten incansables, pues es su fuente principal de ingresos. La ocupación hotelera, y los pocos turistas que se ven por el pueblo parecen confirmarlo. Nosotros, a qué engañarnos, estamos encantados con tan poca gente.
Nos levantamos con el cielo encapotado y un hambre de galeote, decididos a encontrar algún lugar donde sirvan un desayuno como mandan los cánones. El hostal beverlys parece el lugar idóneo. Regentado por un alemán y una colombiana, nos reciben en su jardín impoluto ofreciendo delicias inesperadas. Crepes, huevos revueltos, café, tostadas y zumo nos devuelven las fuerzas un tanto mermadas por tanto agite. Desayunamos con una pareja de alemanes con los que acordamos realizar un tour en barquita por la isla. Así visitamos Cayo Coral, un arrecife que conoció días mejores, pero que a ojos del profano se muestra divertido. Tras un par de baños nos vamos a Playa Polo, recomendada por los locales y que no defrauda un ápice. Una playa larga de vegetación frondosa y con un mar cristalino perfecto para el baño. El nombre le viene de un oriundo de bastimentos que con poco más de 17 años y peleado con el mundo, decidió irse a vivir a la otra punta de la isla.
Polo, que así se llama el sujeto que da nombre al lugar, domestica el alrededor y recibe a los visitantes con langostas recién pescadas convirtiéndose ya por entonces en alguien muy querido por la población local. Tras más de 35 años viviendo solo, comienzan los litigios con una compañía maderera que reclama su propiedad, litigando con el pobre hombre que apenas puede defenderse. Es entonces cuando aparece la figura de un matrimonio neozelandés que le ayuda poniendo a su disposición los recursos jurídicos que le permitan hacer uso de sus derechos. Tras varios años deciden vender la propiedad a unos inversores americanos que construirán hasta el borde mismo de la playa deshaciendo el encanto propio del sitio, pero que rellenan las arcas de Polo en casi dos millones de dólares. Conmino al lector a que imagine lo que esto puede suponer para un hombre que ha vivido sin dinero y alejado del mundo durante tanto tiempo. Igualmente recomiendo a los interesados que visiten el lugar ahora que aún está virgen, antes que las palas escavadoras conviertan este lugar en un remozado y plasticoso paraíso de segunda.
Polo: http://www.almanaqueazul.org/images/bocas_ngobe/bastimentos/bastimentos_polo_2.jpg
la playa: http://www.msg.ku.edu/~dave/images/apolo-pan5.jpg
De vuelta, visitamos de nuevo a Javier a quien habíamos despedido con la promesa de regresar armados de cerveza fresca y charla abundante. Nos enteramos de que es su cumpleaños, y juntos lo celebramos hasta la medianoche, de palique en el porche de su casita, a media luz, y regados por un tinto argentino que ameniza la velada. Tres hurras por Javier, Janet y Teo, y que la fuerza les acompañe muchos años. Se la merecen,.
Seguiremos informando, mientras ahí fuera la población local termina con las reservas de cerveza fresca.
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Nos levantamos en ésta delicia de hotel y, viendo el solazo que luce en lo alto, a pesar de que no son más que las seis de la mañana, decidimos irnos a Bastimentos. Un islote que se adivina perfecto a no más de cinco minutos en paquebote. Listos los bártulos, nos vamos al encuentro de William, un gaviero local negro tizón que nos ofrece su lancha por un par de pavos por barba.
Arribados a la isla obervamos con estupor que lo de la basura sigue siendo un mal mayor que las mareas depositan en la orilla a modo de improvisados vertederos.Nos dirigimos al hostal bastimentos http://www.hostalbastimentos.com/ donde nos recibe el Ínclito Dixon -no confundir con el afamado Dj teutón-. Nos va mostrando habitaciones hasta que nos decidimos por la que él llama la Suite. Un minúsculo habitáculo amarillo hospital, jalonado por dos estupendas hamacas, con unas vistas divinas sobre la bahía y por un precio más que módico de 16$ la noche. Bien.
Nos acomodamos, y dado que el sol luce brillante, salimos pitandillo para la playa. Dixon nos asegura que en el camino hay lodo para complacer a toda una piara. Lodos a mi, ja!Y bueno, pues por medio de la selvita, de fango hasta las rótulas, llegamos a pensar que estamos perdidos. Cuando el barro, la fauna indómita y el calor sofocante están a punto de hacernos desistir, oímos el preclaro e inconfundible sonido del mar. Y ahí frente a nosotros, se muestra divina una playa de vegetación exuberante, olas de muerte y, por fin!, nada de basura ni suciedad. Un playón, oiga. Con la sonrisa dando la vuelta a la nuca, nos bañamos plácidamente, comemos los restos del día anterior y nos pegamos un señor paseo. A la vuelta nos encontramos con un trío de polacos –de Polonia, no de Cataluña- con los que pasamos la tarde entre baños extenuantes y puesta en común de las vidas de unos y otros. Viven en Chicago desde hace seis años, y hace algo más de cuatro meses decidieron venderlo todo e irse de viaje. Han recorrido México, Cuba, Belice, Guatemala, Honduras, Nicaragua, Costa Rica y Panamá. Los colmillos me llegan hasta el suelo como es lógico. Son tan polacos que huyen del sol y han venido siguiendo las cordilleras, evitando la playa y el sol sofocante. No digo más que su paraíso perfecto es Alaska. Y es que hay gente pa tó.
Son encantadores, de modo que cenamos con ellos y nos despedimos a la noche en el colmado del chino que hay al lado del Hostal, prisioneros de una marea de mosquitos que hacen su agosto con estos blanquitos. Un inciso merece el hecho de que, también aquí, los chinos dominan el comercio al por menor, y como en España, son tratados con la misma indolencia por los parroquianos. La aldea global también extiende sus odios y manías. Por la noche instalamos la mosquitera Quechua impregnada con permentrina que tanto gusta a Lasanta y que tanto bien proporciona. Nos despierta en medio de la noche una versión remozada del Diluvio –again-. Uno teme por la consistencia del Hostal, pero a lo que parece, esto no es más que un orbayo local, cuyo único inconveniente parece ser su capacidad para ahuyentar a los turistas.
La mañana la pasamos remoloneando por el lugar felices y contentos, leyendo el periódico, oyendo por el transistor a Dj Ruiz en las Ondas, y vagueando mucho y bien.Dixon es un gran charlatán, y ameniza cualquier rato muerto. Tiene 44 años, varias mujeres, hijos y nietos, y aún así, no pierde momento para piropear a mi Santa con más gracia de la que yo pueda tener nunca. El jodío.
Seguiremos informando –mientras ahí fuera venden cervecitas frescas Panamá a dólar la unidad- Qué buenos precios oiga!!. !!.
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Antes de nada, perdón por los retrasos en iniciar este blog. Por aquí es todo
tan intenso que uno se agota y no queda tiempo para escrituras.
Así que al lío. Que hay poco tiempo y ahí fuera reluce el sol y la playa nos espera.
Día uno: Llegamos a Panamá city tras veinte horas de viaje extenuante, cruzando el
atlántico de punta a punta. En el aeropuerto internacional de Tucumán nos espera
un propio del hotel Marparaíso. Zaíno y bragao pero diligente, nos acerca a la ciudad
en compañía de dos franceses que apenas nos dirigen la palabra.
Es de noche y estamos agotados. El hostal parece uno de esos cuchitriles que Gabo
menciona en sus “memorias de mis putas tristes” y que a buen seguro harían las delicias de mis adorados Ana y Alfredo Alzueta: luz mortecina, pelos anónimos por toda la cama, un baño insalubre y vistas a un edificio desvencijado. Un horror.
Deberíamos habernos dado cuenta, 22 dólares por un cuarto y traslado desde el aeropuerto era cuando menos sospechososo.
Estamos tan cansados que nos dormimos vestidos de punta a cabo y sin rechistar.
A la mañana siguiente salimos como alma que lleva el diablo en busca de otro cuarto
en mejores condiciones. Paseo por el Malecón, y visita express a un barrio que pensábamos era el Casco Viejo, y resultó ser sólo viejo, pero sin Casco.
Son las seis de la mañana y el bullicio es asombroso; todo el mundo vende y compra
de todo. Nosotros, con el hambre en la glotis y el pasmo en los ojos, caminamos sin rumbo y a lo que parece, en la dirección equivocada, hasta que una pareja de policías nos
invita a subir a su automóvil y nos devuelve a la civilización, previo paso por un par de
hoteles de mejor aspecto. Optamos por el Montreal, algo más caro pero infinitamente
mejor -no era difícil después de todo-
A partir de ahí la cosa mejora, aunque no mucho. Panamá es una ciudad caótica, llena de coches de combustión dudoda que proporcionan al aire un olor inconfundible, y orgullosa de sus edificios infinitos a medio terminar. Nada especialmente memorable si no fuera por sus restaurantes.
Ahí se salen, no hay que engañarse. Se come rico rico y barato barato.
De los buenos sólo catamos en Madame Chang, un chino estupendo a unos precios minúsculos que le hacen sentirse a uno rico por un rato. Palmas y aplausos.
Día y medio es más que de sobra, así que nos ponemos en marcha hacia Bocas del Toro, el paraíso prometido -al menos por las agencias de viaje- Y directos para el aeropuerto. Ésta es una experiencia que recomiendo a todos los que sufren de pánico a volar.
Un avioneto poco mayor que un microbús nos espera en la pista de despeque. Tras un día de sol abrasador, comienzan a caer chuzos de punta versión Diluvio Universal. Ay!. Mientras despegamos no gurguta ni Dios. Lasanta y yo perdemos un tercio de nuestra masa corporal vía sudoración extrema. Una vez que el acongoje nos lo permite, disfrutamos de un paisaje inenarrable. Bosques tupidos, costa caribe de foto-postal, arrecifes a vista de pájaro. Una delicia.
Nos espera el hotel bahía. Un clavo para los precios de aquí, pero una absoluta maravilla. Un casoplón de más de un siglo antiguo alojo de la compañía bananera -tómese como sustantivo y no como adjetivo, que también-
Y aquí comienza lo bueno bueno. Cuando uno logra obviar la cantidad de sedimento humano y porquerías varias que jalonan las calles, Colón se muestra como un pueblo caribeño divertido y muy especial. La intuición cromática de estas gentes es pasmosa
y lo cubre todo. Casas, coches, telas….
Nos lo pasamos pipa y entramos en contacto con algunas de las realidades que seguramente nos acompañarán todo el viaje. La más importante la cerveza Panamá, de la que me hago adicto hasta el punto de comprarme una camiseta con su logo y lucirlo orgulloso por la calle principal.
Otro día y medio por estos lares, ya plenamente conscientes del espíritu local. Baste decir que lo que sirvió de pista de aterrizaje para nuestro microbús volador, se recicla en cancha de fútbol y lugar de dispersión para las criaturas locales.
Si bien es cierto que el problema de la basura se torna excesivo en algunos momentos, no lo es menos que la vegetación abruma por todos lados. Hay más biodiversidad en medio metro cuadrado que en toda la sierra madrileña. Nos quedamos boquiabiertos a cada
paso y nuestros ojos astures se salen de las órbitas ante tanto pájaro de color y tanto verde bonito.
Mañana toca Bastimentos, la islita de enfrente. Si todo va bien. Nos alojaremos en el Hostal Bastimentos y conoceremos a Javier, amigo del uruguallo falso que tanto gusta del junco, sus músicas y sus licores. Seguiremos informando.
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Para allá que nos vamos. Después de dos años exactos de nuestra primera intentona, por fin parece que el ansiado verano en Panamá y Costa Rica se hará realidad. Para los que conocen las atormentadas circunstancias en las que se produjo la cancelación del anterior viaje, ya saben de qué hablo. Para el resto, un poco de paciencia. Cuando por fin hayamos vuelto sanos y salvos, sólo entonces, tal vez lasanta me dé autorización para contar los pormenores.
Seguiremos informando.
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